Toda persiana enrollable nace de tres números, cuánto mide de guía a guía, cuánto baja hasta el alféizar y cuánto sitio hay en el cajón para recogerla. Basta con que uno se desvíe un par de centímetros para que el paño roce, se enrolle torcido o no quepa al subir. Por eso nunca encargamos con la medida de la persiana vieja ni con la que aparece en el plano del piso.
En los dos casos que verás abajo, el trabajo es de nuestro equipo, sin subcontratas, desde la primera medida hasta el último tornillo. Las medidas no pasan por manos de terceros, y quien monta sabe qué se vio en la visita y por qué se eligió cada pieza.
Sustituir la persiana que ya tienes
Es el caso más corriente en el barrio. La persiana de siempre ha amarilleado, tiene lamas combadas o silba con el viento por el cajón, y ya no compensa seguir poniéndole piezas. Cambiar la persiana entera permite elegir otro material, mejorar el aislamiento y, de paso, revisar las guías y el eje que la sostienen.
No siempre hace falta llegar a ese punto. Cuando el fallo se reduce a la cinta, o dos o tres lamas se han soltado de un paño que sigue entero, lo verás claro en la visita. Te propondremos entonces arreglar la persiana actual, que sale más a cuenta.
Persiana para una ventana que estrena hueco
En una reforma o en una rehabilitación integral, la ventana suele llegar sin persiana y hay que decidir desde cero. Aquí conviene hablar con nosotros antes de que el carpintero cierre el hueco, porque el tipo de cajón condiciona el aislamiento y la limpieza del montaje. Si la ventana ya está colocada, nos adaptamos a lo que hay sin rehacer nada.